Xataka
Contenidos contratados por la marca que se menciona

+info

Como cada día laboral, suena el despertador de mi mesilla en el teléfono móvil. “¿16 + 7?”, me pregunta el puzzle generado de forma aleatoriapara despertarme. Tecleo con los ojos entrecerrados y abro la ventana. A pocos metros, en el pasillo, el termostato lleva horas haciendo comprobaciones para mantener la vivienda a la temperatura óptima. Yo todavía necesito café.

Avanzo hacia la cocina, me sirvo una taza y cojo un par de piezas de fruta. “Falta café”, pienso, mientras me siento y entro en la tienda virtual a través del smartphone. “Otros usuarios también compraron leche de soja”, reza un cartel mientras usa algoritmos. Es en ese momento en que caigo: la inteligencia artificial está por todas partes. Hoy dedicaré el día a registrar su presencia.

La inteligencia artificial en el transporte público

Ya me he vestido y me aproximo a la puerta. Cojo el teléfono móvil conectado al WiFi y compruebo que se han bajado las 100 canciones de hoy. Estoy usando un programa de prueba llamado YouTube Music. En base a mis preferencias, y usando la inteligencia artificial, me busca música afín.

Seis horas y 34 minutos de música afín. Llevo “entrenando YouTube desde 2005, pulsando sobre qué me gusta y qué no me gusta, y eso se nota en la selección musical. Así es como funcionan las IA: usan miles de datos y sacan patrones, que particularmente suenan con el ritmo de Pink Floyd mientras espero el autobús. Es como tener una tienda de discos antiguos en el bolsillo.

He mirado en el navegador de mi teléfono móvil en busca de la ruta con transporte público más rápida. Otro algoritmo ha hecho cálculos en algún centro de datos de California y en menos de un segundo ha decidido que la vía más rápida es el bus. La parada me ofrece WiFi, que declino por seguridad.

Tengo suerte, en mi ciudad todos los autobuses tienen un sistema de WiFi de alta velocidad y cuentan con una baliza GPS. Combinando esa información con el número de usuarios detenidos en cada parada y los históricos de datos de meses anteriores, un conjunto de algoritmos invisibles calcula la mejor configuración para el transporte público.

Ninguno de los autobuses que pasa es especial ni pertenece a una línea concreta. Disponen de un marcador digital en su frente que cambia al llegar a final de línea en base a la demanda. El 83 puede convertirse en el 155 si eso es lo que necesita la ciudad. O lo que va a necesitar, porque la IA es buena a la hora de hacer predicciones.

¿Trabajas con IA? Probablemente sí

Me bajo cerca del trabajo y camino a la cafetería. Hoy me toca recoger el pan y llevar los cafés al equipo. Hay un único dependiente tras el mostrador, pero lo tiene todo controlado. En base a la demanda estimada, el software de su antebrazo le ha aconsejado el número de barras a meter al horno y las tazas que tiene que poner sobre el mostrador.

“La IA no es cosa de negocios tecnológicos”, pienso mientras subo a la oficina, arranco el ordenador y dejo el smartphone en vertical. Bloqueado. Las redes sociales usan algoritmos para buscar contenido que me interese, y lo hacen demasiado bien. Siempre dan en el clavo y acabo por dispersarme.

Más aciertos cosecha la IA que busca respuestas automáticas a mi correo. Es una rutina simple pero potente y, por lo que a mí respecta, es magia, como las fotografías que hacen dos de mis compañeros de equipo. Parte de sus tareas consiste en salir cámara en mano a registrar varios eventos durante el día.

Atrás quedó la época de las cámaras réflex. Hoy el smartphone es todo lo que necesitan, y ambos llevan un P20 Pro para gestionar con ellos su correo, las llamadas o tomar fotografías. Al llegar a la oficina, el WiFi las “coge” y las guarda automáticamente en nuestro servidor. Siempre con buena calidad, porque usan las mejores herramientas de inteligencia artificial aplicada a la fotografía:

Llevo el café a varios compañeros de la zona comercial que resuelven incidencias y dudas a los clientes. Hace unos años vivían estresados, pero ahora un módulo e-commerce con inteligencia artificial y un chatbot se encargan del grueso de las peticiones. Su éxito ronda el 90%, y las máquinas cada vez realizan más tareas por nosotros.

Lo mismo ocurre en recursos humanos. Hemos adquirido software como servicio (SaaS) y, aunque estamos contratando, varias técnicas de machine learning filtran las doscientas peticiones de empleo diarias. Ahora el personal de RRHH puede dedicarse a entrevistas en profundidad y al diseño de mejores procesos de selección.

El CEO lleva horas en una reunión. Hace apenas un año habría pasado todo el día organizando documentación, pero ahora puede destinar casi todo el día a trabajar codo a codo con proveedores. Una IA se encarga del trabajo aburrido de recopilar datos y generar un cuadro de mandosempresarial en tiempo real. Cualquier notificación le llega al teléfono móvil.

¿Atascos? No, gracias, tengo inteligencia (artificial)

Hoy me llevo un coche de empresa a casa porque mañana salgo de viaje de negocios. Para escoger el hotel, he usado un comparador que usa algoritmos para localizar el mejor precio. Arranco el coche y una rutina programada mediante IFTTT detecta el Bluetooth del coche, enlazando el móvil a sus altavoces de manera automática. Arranca un podcast que tenía descargado.

Además, la visual del móvil entra en modo coche y un enorme letrero “Ir a casa” aparece sobre el smartphone. “18 minutos”. Lo pulso, meto directa y acelero de cabeza a un atasco que todavía no se ha formado. Una IA en un servidor al otro lado del mundo combina las señales GPS de miles de conductores locales y prevé sus movimientos. Los míos incluidos.

Prevé el atasco antes de que se forme, y la pantalla parpadea. La ruta cambia ligeramente y ahora el letrero marca “20 minutos”. Yo ni me doy cuenta, pero la IA me acaba de regalar más de media hora de ocio en casa. Aparco en el garaje y conecto el coche a la red eléctrica. Todavía no está cargando. Un algoritmo detectará la tarifa valle y cargará la batería al mejor precio mientras duermo.

El ocio moderno proviene de la inteligencia artificial

Al entrar en casa, esta está a la temperatura deseada. El termostato ha vuelto a obrar su magia y ha arrancado el split veinte minutos antes de que llegase. En algún sitio, una IA calcula por mí frigorías y calorías mientras enciendo la televisión, cojo el móvil y ojeo Goodreads.

Basándose en mis lecturas previas, usa inteligencia artificial para recomendarme varios libros interesantes. Pero prefiero algo más ligero, así que me guardo uno de los libros en una lista virtual y abro Netflix. Hay toda una sección de películas recomendadas con un “98% de coincidencia”.

Cuanto más contenido voto con el like y el dislike de la app, más acierta la inteligencia artificial. Pongo un documental y hago scroll en el teléfono, meditando. Hace un par de años que estoy sin pareja, quizá sea el momento de conocer gente nueva. Me instalo la aplicación de citas OkCupid, esa que hace cientos de preguntas.

Usando datos de millones de relaciones previas, me presentará a un par de personas con las que probablemente tenga muy buen feeling. Sonrío, pensando que me siento dentro de una simulación de Black Mirror. Pero quizá quede con alguien real después de hablar durante un par de semanas. Si le digo a mi abuela que una máquina alcahueta tiene más probabilidades de éxito que un conocido, no me cree.

Llevo un rato rellenando el perfil cuando mi pulsera vibra. “Ops, se me olvidó el entrenamiento”, pero un algoritmo ha calculado que apenas he hecho ejercicio hoy. Y también que, si quiero hacerlo e irme a la cama a tiempo, más me vale levantarme ya y salir a correr.

La rutina de mi aplicación de entrenamiento, incremental y personalizada, tiene en cuenta mis límites físicos y mis logros previos. Fuerzo la máquina sin sobrepasarme y llegando a casa me pregunto qué voy a cenar. ¿Habrá alguna app que me eche un cable con la dieta? Es algo más que probable si tenemos en cuenta la cantidad de aplicaciones que hacen uso de inteligencia artificial.

Imágenes | iStock